desde nivel C1  /  literatura  /  reportaje  /  Lorena Briedis (Periodista venezolana) 

Medardo1
Foto Mercedes Rodríguez
 

acento venezolano

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Medardo Fraile nació en Madrid el 13 de marzo de 1925 en una casa “modesta, incolora1 y vieja” del paseo de las Delicias. Creció en ese Madrid de guerras, zurcido2, remendado3, que disentía4 del Madrid señorial5 de la calle de Alcalá. El de Medardo era un Madrid hecho de raíces, plantado, cuyos personajes son las cabras y las ovejas, algún gato muerto de sonrisa roja, el canario que se columpia6 en la jaula de un oscuro ventanuco, el grillo7 que llora sobre la lechuga, un sol rancio8, los geranios, las hortensias, los claveles9; y el tranvía. Medardo era entonces, quizá, el tranvía. Después, con el tiempo, se convirtió en un tren. Pero primero fue, además, un niño al que le faltaron un beso y un pañuelo. Así, alrededor de tres cuentos mínimos y fundamentales, podría iluminarse aquel otro cuento, su cuento de verdad, “el de siempre acabar”, el de su vida y su ternura.
 

PRIMER CUENTO: MEDARDO Y LA FALTA DE UN BESO

Una tarde, a los cinco años, Medardo volvía a casa de la mano de un tío. Había pasado unos días fuera por sugerencia del padre y subía las escaleras a saltos para darle un beso a su madre. Cuando empujó la puerta, la habitación estaba vacía. Solo había un montón de lana en un rincón. Alguien lo llevó suavemente hacia el comedor y vio en el pasillo dos o tres pensamientos10 pisoteados11 y mustios12. “Mamá se ha ido al cielo”, le dijo su padre. Él corrió hasta el balcón y miró hacia arriba, por todas partes. “Pero no la vi. Y ese beso me faltó toda la vida”.
 

SEGUNDO CUENTO: MEDARDO, EL NIÑO SIN PAÑUELO

En la acera más cercana a su casa y frente al bar había un banco doble con respaldo en el centro. Un día ocurrieron dos cosas: que no tenía pañuelo y que, cuando volvió de la escuela y llamó a la puerta de su casa, nadie contestó. Ni siquiera la madrina13 que era quien se encargaba de llevarlo y traerlo, de achucharlo14 y mecerlo15. Temió que se hubiera ido con algún cabo16 a África, por esa época en que España ardía en secretos de amor, esa España de guerras despechada17 y cachonda18.

Miró alrededor y no vio a nadie. De modo que se encaminó hacia el banco y se sentó de espaldas a los tranvías. “Y entonces, más que estar solo, se agigantó19 en mí la indigencia20 de no tener pañuelo, […] y todo mi ser se reblandecía21 de la falta de miramiento22 que implicaba irse de casa y dejar a un niño sin pañuelo, el lienzo de los mocos y las lágrimas, que era el colmo23 del abandono y del descuido”.
 

TERCER CUENTO: MEDARDO, UN TREN QUE SE VA

Ya de mayor, Medardo Fraile empezaba a alejarse como “un tren pequeño y querido por un túnel”. Una mañana, se presentó en el Ministerio de Asuntos Exteriores y dijo que quería marcharse al extranjero de lector24. Estaba descontento. Literariamente, gozaba25 de uno de sus mejores momentos, pero las perspectivas laborales se habían devaluado lo mismo que la vieja moneda de algún amor sibilino26. Buscaba más verdad, más sabiduría, más riesgo. En el Ministerio le ofrecieron un lectorado en Monrovia. Su respuesta, para salir del paso27, fue: “Prefiero un sitio donde no haya moscas”.

En octubre de 1964, Medardo se marchaba a Inglaterra. Ya empezaba a esfumarse28 como ese “tren que parece jugar y mirarnos mientras se aleja”. Posteriormente, se casó en Glasgow, donde nació su hija Andrea. Ese tren no volvería. Nunca volvió a vivir en España. Como Rosendo, su personaje de Descubridor de nada, él estaba lejos también de su país y sentía el deseo imperioso29 de hacer un inventario de lo nuevo. De modo que, tal y como lo escribe, allí comprendió que solo se pueden descubrir cosas a cambio de perder y que solo se descubre lo que no es nuestro o se nos va y vemos que se va: “Ese era nuestro tren, decimos”.

Estos tres cuentos, sin duda, atraviesan la obra de Medardo Fraile, y lo expresan en toda su humanidad; es decir, narran sus pérdidas, eso que nos hace más humanos. No son en sí mismos grandes historias al modo épico y testimonial30 de la narrativa31 dominante del siglo XIX y parte del XX. Sin embargo, en ello se funda la violenta ternura y la “belleza disidente” de Medardo Fraile, en que sus cuentos representan, como lo señala Ángel Zapata, “el fin de las grandes historias”. Pilar Palomo, gran amiga y estudiosa de la obra del autor, lo hace notar: “Son cuentos que están a la altura32 de los de Chéjov o los de Clarín. Porque es ese cuento que aparentemente no cuenta nada. No es un argumento33, es un instante de vida, es un personaje que ha conocido, es una situación, es un ambiente”. Medardo Fraile no es un puro cuentista. Lo que cuenta Fraile no es una historia, sino una verdad. Cuenta, como ha dicho, “una confidencia fugaz, angustiosa o ilusionada”. Defiende el cuento como lo menos manchado que puede hacer un escritor y, “cuando hablo de manchado, me refiero a manchas de conciencia”. Su estética es también una ética.

Los cuentos de Medardo Fraile tienen el color inquietante34 de los sueños, pero gracias a ellos recobramos35 cosas que dábamos por perdidas36. Un aire, un filamento, una luz, un sabor, un resto37, una música, algo que no podemos precisar. Porque la poética de Medardo Fraile es la de un vacío que fluye, la de una ausencia encantada38. Su editor, Juan Casamayor, lo ha visto transcurrir en sus libros: “Con sus personajes, él lo muestra. Esa soledad, esa ausencia, ese siempre no tener algo. Eso, desde luego, que está. Es una constante. Lo único que es verdad es que ese carácter nómada de Medardo, ciertas cosas las acentua. Y es ese distanciamiento también que te digo, ¿no? No en cuanto a (la) lejanía de sus textos, no es que sea frío, ¡todo lo contrario! Pero sí que mantiene una relación… y ausencia puede ser un término perfectamente que puede ser volcado en sus textos”.

Sin embargo, aun desde la ausencia, Medardo Fraile fue creyente, como sus cuentos. Conocía la tristeza, pero decía que no podía vivir rodeado de ella. Prefería la alegría. “La admiro y la necesito”. De ahí, nace su humor lumínico39 y su ironía vitalista. Con la misma soltura40, hizo la broma de pedir a sus amigos que bautizaran con su nombre una plaza que le gustaba mucho en Prosperidad, el barrio donde solía instalarse durante sus visitas a Madrid. La noche del 20 de abril, algunos miembros del que fue el grupo literario La Llave de los Campos, junto con su esposa, Jannet, y su hija, Andrea, cumplieron el deseo de ese cuento: la Plaza de Medardo Fraile, un homenaje poético y afectivo. Ya el propio Medardo lo había escrito: “Los cuentos no ayudan a soñar, sino a realizar”. 


 

 

* Texto publicado en el número 43 de la revista Punto y Coma

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