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Madre de Dios. La selva peruana del Amazonas

El avión que nos lleva desde Cusco desciende hacía Puerto Maldonado tras menos de media hora de vuelo.

El cambio es brusco1 porque se pasa de los más de 3000 m de altura de Cusco a menos de 200 m en la región baja de Madre de Dios. En tan poco tiempo se pasa del ambiente seco y frío de la alta montaña a la dulce humedad cálida de la selva tropical. Desde el aire, el río Madre de Dios es una sinuosa serpiente en medio de un manto2 verde de vegetación que parece no tener fin. El río Madre de Dios, que da nombre a este departamento3 peruano, es un pequeño subafluente4 del Amazonas y, sin embargo, a su paso por Puerto Maldonado (la capital) tiene ya más de 100 m de anchura. Los ríos son los principales medios de comunicación entre los pueblos de la región del Amazonas.

Los guías de Inkaterra nos dan una agradable bienvenida en el aeropuerto y nos conducen al muelle del río. En un largo bote a motor nos llevan río abajo varios kilómetros hasta un embarcadero5 por donde accedemos a la reserva, cuyo hotel está formado por cómodas cabañas de madera perfectamente integradas en el paisaje que alojan6 a unos pocos amantes de la naturaleza. Inkaterra es una preciosa reserva natural en medio de la selva en la que se trabaja en el estudio y la conservación de la fauna y la flora amazónicas.

Durante nuestra estancia pudimos realizar muchas excursiones a pie y en bote para visitar verdaderas joyas naturales, disfrutando de una experiencia muy especial. La selva amazónica es un estímulo7 para los sentidos: los colores, los olores, la vegetación, los cantos de las aves, los chillidos8 de los monos… Todo despierta sensaciones olvidadas de un pasado donde el hombre era un animal más que competía por su supervivencia9.

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